Nostalgia y Tristeza
La nostalgia confiesa, recuerda y reconoce algo del pasado. Un olor, una voz de un ser querido que ya partió, alguna casa donde pasamos nuestra infancia, el colegio, amigas, risas, una canción que nos remonte a una época especial de nuestras vidas. La nostalgia nos remonta a momentos vividos, en general placenteros, que quedan guardados en nuestra memoria y solemos volver a ellos poniéndonos “nostálgicos”. Son “placenteros”, porque en general no sentimos nostalgia por momentos o épocas dolorosas. La nostalgia ocupa momentos de ilusión en nuestra memoria, es dulce y agria al mismo tiempo, ya que nos lleva a situaciones imposibles de regresar. Es imposible regresar a una época pero sí podemos viajar a ella. La nostalgia aparece pegada a los recuerdos vividos.
Confrontarse a través de la nostalgia a la realidad de que no podemos volver a una época, nos lleva a un estado de tristeza y esto es totalmente normal. Tristeza de no poder encontrarse con la persona que uno perdió, de que la casa que recuerda ya no existe o no puede volver, de que ese olor nunca retornará, tristeza de que ya pasaron los años de juventud. La nostalgia se arraiga también a experiencias sensoriales arcaicas.
Pero, como somos seres que nos caemos y nos levantamos de forma constante, porque así es la vida, la desesperación que podemos sentir por lo que ya no volverá jamás, nos lleva naturalmente a la esperanza de lo que está por venir. Hay que hacer el esfuerzo de proyectar un futuro con imágenes y sensaciones igual de placenteras. Necesitamos la capacidad para crear nuevas ilusiones mentales y tener los pies en la tierra para poder llevarlas a cabo.
La tristeza, cuando sale de lo más profundo de nuestro ser, es cruel, nos corre por todo el cuerpo, y sentimos que ya no estamos sostenidos por el piso. Flotamos. Cubiertos de dolor.
Cuando uno se entrega a la tristeza, el odio y la ira se esfuman. Plantamos bandera, nos entregamos, y sobre todo aceptamos la perdida y estamos obligados a meternos dentro de nosotros mismos, ya no luchamos.
La tristeza puede aparecer en un momento feliz y mezclarse con una sonrisa, con una mirada, con un lugar, de donde surge un agujero, la falta de un ser que ya no está, un lugar que ya no existe, la infancia que se fue.
La tristeza en tan íntima que nos separa, mientras dure, del mundo exterior. Sale de lo más profundo de nuestro ser, es como una manta que nos corre por todo el cuerpo, y sentimos que flotamos. Cubiertos de dolor. Puede ser pasajera, durar horas, o días enteros. Puede aparecer en un momento feliz y mezclarse con una sonrisa, con una mirada, donde surge una grieta.
Cuando uno se entrega a la tristeza, el odio y la ira se esfuman. Nos rendimos, aceptamos la injusticia o la pérdida. Nos alojamos dentro de nosotros mismos, ya no luchamos. La tristeza nos entrega al llanto.
Existe la posibilidad, que cuando una tristeza no es aceptada ni procesada adecuadamente, se le arraigue el odio y decide la persona expulsarlo fuera de sí, para poder experimentar el placer de destruir la causa de su malestar, en vez de aceptarla y afrontarla. Es aquí, cuando surge la violencia hacia el otro.
Sin embargo, a pesar que la tristeza nos pueda hacer sentir que flotamos en el mar sin rumbo, tiene la virtud de generar un espacio nuevo donde se pueda desplegar la risa, un pensamiento positivo, o la capacidad de proyectar nuevos horizontes. Muchas veces, la alegría y la felicidad llegan después de un viaje por el dolor. Un estado de tristeza no deja entonces de ser una oportunidad para salir y empezar de nuevo. Este viraje de la tristeza a la alegría puede suceder varias veces en un día, una vez al día, o simplemente cada tanto, ya que es así de íntima como aleatoria y tiene que ver con la historia personal de cada individuo.