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Parejas y vínculos

Ser un “amateur” o un “amante” en el amor

Publicado en Blog Dolores Irigoin

El corazón en llamas y el pensamiento borroso. Insomnio. A veces, nos cuesta poner en palabras nuestro propio estado.

Unos cuantos no aman tanto al otro, sino que aman el hecho de amar. Así, la persona que se ama no importa mucho y se puede cambiar. El amante puede flirtear porque, en definitiva, no ama a nadie más que a sí mismo: ama solamente el hecho de “estar enamorado”.

Cuando alguien encuentra su “alma gemela”, se encuentra con una persona parecida: mismos gustos, mismos rechazos, mismos lugares, mismas series, películas y música. Es la atracción por lo semejante.

Pero amar al otro solo porque es como yo puede ser una forma primitiva y narcisista de vincularse. En lugar de inclinarnos hacia la otra persona, nos inclinamos hacia nosotros mismos. Sería amarse dos veces: en el otro y en uno mismo. Es un amor que gira sobre sí mismo y no hay entrega.

Existe también la “atracción de los opuestos”, que suele aparecer en la frase “nos complementamos muy bien”. Esto puede volverse una forma falsa de amor, porque busco en el otro lo que me falta para sentirme completo. En el fondo, también ahí uno se ama a sí mismo.

Los aspectos positivos de una persona, como su físico, sus talentos, sus dones o su estatus económico y social, no deberían ser la causa de un sentimiento amoroso. La persona debería ser amada por lo que es.

Amar a alguien por lo que es genera admiración y adoración. Los amateurs eligen partes de la persona; los amantes de verdad eligen a la persona entera.

La amistad puede soportar la distancia del tiempo y del espacio: dos amigos dejan de verse, se reencuentran y retoman la conversación donde la dejaron. Al amor, en cambio, le cuesta más soportar la distancia y la ausencia física. Los abrazos, los mimos, las caricias y los orgasmos son necesidades del cuerpo.

El amor nos puede conducir a encuentros sin diálogo o, por el contrario, a vivir pegados y creer que somos uno. En el primer caso el amor se quiebra y sufre; en el segundo, ya no hay persona que ame ni persona que sea amada.

No existe nadie que esté “hecho para el otro”. Es en el espacio de la ausencia sin fin donde se produce un encuentro amoroso. Se produce de forma milagrosa y, por eso, consideramos suertudos a quienes lo viven.

El instinto amoroso nos lleva a envolvernos los cuerpos. En cambio, el amor puro, por lo que la persona es y más allá de la sexualidad, es un amor más grande. Después del amor puro ya estaríamos hablando de un enamoramiento místico, que rozaría la locura.

Al amor se lo relaciona con el deseo porque, como este, nunca tiene fin. Nunca hay algo que lo apague realmente.

Amar a todo el mundo puede ser la mejor forma de amarse a sí mismo y, en el fondo, de no amar a nadie. Si uno piensa primero en su propio bien antes que en el del otro, entonces no es amor. El amante da y no espera recibir.

Mucho amor propio entorpece la posibilidad de amar a otro porque no hay espacio para el otro. Sería, entonces, un amateur que se ampara en su poder y en su placer, y disfruta de su soledad como si fuera oro. Prefiere soportar solo sus propias presiones antes que negociar algo con el otro.

Para ser amante hay que dejar de lado la arrogancia, la autosuficiencia y los propios intereses. El amante hace brillar al otro: le saca sus miedos, le da fuerzas, lo hace más deseable, hace hincapié en su inteligencia, cree en sus capacidades y lo alienta.

También es nervioso, tempestuoso e inseguro; pasa por gritos, “dimes y diretes” y reconciliaciones; negocia permanentemente, se calma y vuelve a explotar. Un amante ama todo en el otro.